Por: Redacción
En los últimos años, ejercer la medicina veterinaria se ha convertido, para muchos profesionales, en una labor marcada no solo por la vocación y el compromiso, sino también por el miedo. Cuando las cosas no salen como se espera, la inconformidad ya no siempre se queda en una queja formal o en la búsqueda de una segunda opinión: con demasiada frecuencia se transforma en difamaciones, amenazas y ataques directos contra la integridad de quienes intentan salvar vidas.
No es un fenómeno aislado. Hace un año se documentaron casos en el Estado de México; situaciones similares se han repetido en Ciudad Obregón, en Nuevo León y nuevamente en Sonora. En todos ellos, el patrón se repite: propietarios molestos que, desde la frustración o el dolor, cruzan la línea hacia la intimidación.
Las razones pueden parecer mínimas frente a la magnitud de la reacción. Desde un desacuerdo por un procedimiento estético, “le cortaron mal el bigote”, hasta la percepción de que “no se cuidó bien” a la mascota. Lo que antes se resolvía en el consultorio, hoy escala en cuestión de minutos en redes sociales. El anonimato está al alcance, la viralidad es inmediata y la impunidad de un comentario malintencionado deja cicatrices profundas.
En ese escenario, el contexto rara vez importa. Poco interesa si el propietario tardó semanas en llevar al animal enfermo. Si decidió no autorizar estudios diagnósticos por considerarlos costosos. Si el tratamiento estaba correctamente indicado pero el paciente no respondió como se esperaba. O si existía, como siempre en medicina, la posibilidad de buscar una segunda opinión.
En lugar de matices, prevalece la sentencia pública: “me lo mató”, “lo lastimó”, “lo hizo sufrir”. Las redes se convierten en tribunal y la reputación profesional en blanco fácil. Sin investigación previa ni derecho de réplica, se enciende la hoguera digital y muchos se suman sin conocer la historia completa.
Para los médicos veterinarios, la consecuencia no es solo el desgaste emocional. Es el temor real por su seguridad y la de sus familias. Es ejercer con la sombra constante de que cualquier desenlace adverso,incluso aquellos inevitables, pueda traducirse en amenazas directas.
En medio del dolor legítimo que implica perder a un animal de compañía, también urge recordar que la medicina, humana o veterinaria, no es infalible. Y que detrás de cada bata hay un profesional que, lejos de buscar daño, enfrenta diariamente decisiones complejas con el único objetivo de aliviar el sufrimiento.
La conversación pendiente no es solo sobre errores o responsabilidades, sino sobre límites, respeto y la peligrosa facilidad con la que hoy se puede destruir una trayectoria desde la pantalla de un teléfono.



















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